Miguel Etchecolatz, el temible represor de 91 años que acumula 8 condenas por crímenes de lesa humanidad en Argentina

A sus 91 años, el exjefe policial Miguel Etchecolatz se convirtió en el represor argentino con mayor número de condenas a cadena perpetua por delitos de lesa humanidad, cometidos durante la última dictadura militar que gobernó al país de 1976 a 1983.

La semana pasada, el criminal sumó su octava sentencia, ahora por los secuestros, torturas, asesinatos y desapariciones ocurridos en la Brigada de Investigaciones de San Justo, un centro clandestino de detención que operó en la provincia de Buenos Aires.

Junto con él, otros 10 represores fueron condenados a perpetua, en tanto que a tres expolicías y a dos exmilitares se les impusieron penas de 25 años de prisión.

Durante el juicio, se demostró una vez más la coordinación con las que operaban los centros clandestinos en donde eran llevados los presos políticos secuestrados en sus casas o en la calle. Una vez ahí, se les torturaba para que delataran a otros militantes opositores a la dictadura. En muchos casos, se les asesinaba y desaparecía. A las mujeres embarazadas las hacían parir y las ejecutaban después de quitarles a sus bebés recién nacidos, que eran apropiados en adopciones ilegales.

En total, los organismos de derechos humanos calculan que la dictadura dejó un saldo de 30.000 desaparecidos, alrededor de 500 bebés y niños robados y miles de sobrevivientes de torturas, que en los últimos años han tenido que testificar ante los tribunales y recordar los tormentos que sufrieron.

Una queja recurrente de las víctimas de violaciones de derechos humanos es la lentitud con la que avanzan los juicios de lesa humanidad, ya que conforme pasa el tiempo, muchos represores, que son ancianos, mueren sin haber sido condenados o quedan impunes porque ya no están en condiciones de salud para ser juzgados.

Pero ese no es el caso de Etchecolatz, un expolicía cuyo nombre se convirtió en sinónimo de terror y que actualmente cumple sus condenas perpetuas en Campo de Mayo, una prisión que solo aloja a genocidas.

Por la novena

En los próximos meses, el represor podría acumular su novena condena, ya que a principios de noviembre comenzó un nuevo juicio por los crímenes cometidos en contra de 442 víctimas en centros clandestinos de detención de las localidades de Banfield, Quilmes y Lanús, ubicadas en la provincia de Buenos Aires.

Además de Etchecolatz, están procesados 17 represores que, al igual que todos los que han sido condenados, se niegan a confesar qué hicieron los desaparecidos, en dónde están, y rechazan la autoridad de los tribunales de la democracia para juzgarlos.

Pese a su avanzada edad, el expolicía no pierde la oportunidad de provocar cada vez que tiene que acudir ante la justicia, muchas veces en presencia de sus víctimas.

“¿Ante quién voy a declarar? Ustedes no tienen autoridad para actuar, necesito que me interroguen los jueces que estaban en ejercicio de sus funciones en ese momento [en los años 70]”, dijo el pasado 3 de noviembre en una de las primeras audiencias de ese nuevo juicio, en el que se rehusó a declarar ante los jueces.

También reiteró que durante la dictadura solo trabajó para evitar que se siguiera rompiendo la paz y el tejido social del país. “¿Creen que estarían presentes si hubieran triunfado los idealistas jóvenes que pretendían tomar el poder de las armas?”, cuestionó.

Incluso le dijo al presidente del tribunal que ninguno de los dos hubiera sobrevivido si triunfaban los guerrilleros de los años 70. “Usted sería fusilado por ser integrante de la burguesía judicial y quien les habla, por ser policía”, aseguró.

Al igual que lo ha hecho en todos estos años, Etchecolatz justificó sus crímenes. “Dicen que maté, yo no maté, yo batí en combate, que es distinto, respondí a la agresión, murieron muchos de los nuestros y de esos pobres jóvenes equivocados o mal orientados. Condénenme lo que quieran, me siento orgulloso de haber defendido la patria“, retó.

El terror

Etchecolatz fue director de investigaciones de la Policía Bonaerense durante la dictadura, y desde ese cargo, en coordinación con el general de Brigada Ramón Camps, organizó la represión en contra de guerrilleros y militantes sociales opositores al gobierno de facto, que eran secuestrados en las cárceles clandestinas de la provincia.

En 1986 recibió su primera condena a 23 años de prisión, pero la sentencia fue anulada gracias a las leyes de Punto Final y Obediencia Debida que durante décadas cubrieron con impunidad a los represores.

Veinte años más tarde, el expolicía fue sentenciado por primera vez a cadena perpetua por delitos de lesa humanidad cometidos en contra de ocho víctimas, entre ellas el abañil Jorge Julio López, quien después del juicio volvió a ser víctima de desaparición forzada. En una de las audiencias, en una muestra clara de amenazas, Etchecolatz había escrito su nombre en un papel. Y hasta ahora, se desconoce su paradero.

Con el paso de los años, el represor siguió acumulando condenas que confirmaban la frialdad con la que cometía sus crímenes en contra de cientos de personas, que recordaron el espanto que podía provocar con su sola presencia.

Hasta ahora, Etchecolatz ha fracasado en sus intentos de manipular a la justicia para que le otorguen prisión domiciliaria, bajo el pretexto de un delicado estado de salud que no es tal, ya que la conclusión es que se encuentra en perfectas condiciones para enfrentar los juicios y cumplir sus penas, tanto, que incluso logró recuperarse sin mayores secuelas del coronavirus que padeció este año.

Cecilia González

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