Jueza nominada a la Corte Suprema evita pronunciarse sobre el aborto y el Obamacare

WASHINGTON – La jueza ultraconservadora Amy Coney Barrett, nominada para la Corte Suprema por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, encajó este martes los golpes de los senadores demócratas sin perder la compostura y sin ofrecer siquiera una pista acerca de cómo fallará en casos tan importantes relacionados con el aborto o el futuro del Obamacare.

“Los jueces no pueden levantarse un día y decir: tengo una agenda, me gustan las armas, odio las armas; me gusta el aborto, odio el aborto. Y simplemente andar por ahí como una reina e imponer su voluntad al mundo”, dijo con cierta ironía Barrett durante el segundo día de audiencias en el comité judicial del Senado.

Barrett, católica, de 48 años y madre de siete hijos, usó frases similares para huir de las punzantes preguntas de los demócratas: aseguró una y otra vez que ella no tiene ninguna agenda política y que su objetivo es apegarse a la Constitución para decidir cada caso por separado.

Además, enfatizó que “no se ha comprometido” con la Casa Blanca a fallar de ninguna forma en polémicos casos, como el de la reforma sanitaria del expresidente Barack Obama que evaluará el tribunal supremo en las próximas semanas.

LA ESTRATEGIA DE LOS DEMÓCRATAS

Los senadores demócratas están en minoría en el Senado y saben que no pueden frenar la confirmación de la magistrada para el tribunal supremo, por lo que están usando las mediáticas audiencias para recordar a los estadounidenses lo que está en juego en las elecciones presidenciales del 3 de noviembre.

Los demócratas se están esforzando en retratar a Barrett como una jueza extremadamente conservadora y muchos pusieron el martes el foco en el derecho al aborto.

La senadora Dianne Feinstein, de 87 años y que durante su vida ha roto varias barreras de género, preguntó repetidamente a Barrett sobre sus ideas acerca del caso Roe v. Wade del tribunal supremo que legalizó el aborto en 1973 y le recordó lo que ocurría cuando ese procedimiento era ilegal en Estados Unidos.

“Como una estudiante universitaria en la década de 1950, vi lo que le pasaba a aquellas mujeres jóvenes que se quedaban embarazadas en un momento en el que el aborto no era legal en este país. Yo fui a (la universidad de) Stanford y vi los viajes a México, vi cómo mujeres muy jóvenes intentaban hacerse daño. Eso es realmente preocupante”, manifestó Feinstein.

Barrett rechazó expresar su visión acerca del caso Roe v. Wade y dijo que no dará “un pulgar hacia arriba o hacia abajo” para respaldar o rechazar ningún asunto, incluido el aborto.

UN POLÉMICO ANUNCIO DE 2006

Asimismo, durante la audiencia, el senador demócrata Patrick Leahy preguntó a Barrett sobre un anuncio publicado en 2006 en un periódico de Indiana que criticaba el “legado barbárico” de Roe v. Wade y que ella firmó junto a centenares de activistas y académicos.

En concreto, Leahy le preguntó si estaba de acuerdo con las ideas del grupo detrás del anuncio, St. Joseph Right to Life, que aboga por criminalizar la fecundación in vitro porque se desperdician algunos embriones, una visión considerada radical dentro del movimiento contra el derecho al aborto en Estados Unidos.

“Lo firmé saliendo de la iglesia. Era consistente con la visión de mi iglesia, y simplemente decía que nosotros apoyamos el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural y no tomaba ninguna posición sobre la fecundación in vitro”, replicó Barrett, una vez más sin dejar ver su opinión acerca de la reproducción asistida.

SEPARACIÓN DE LEYES Y RELIGIÓN

No obstante, en varias ocasiones, la magistrada insistió en que será perfectamente capaz de separar sus decisiones judiciales de su religión.

“Tengo una vida repleta de personas que han tomado decisiones diferentes, y nunca he intentado, en mi vida personal, imponerles mis decisiones. Lo mismo ocurre en mi ámbito profesional”, aseveró Barrett, que enseña Derecho en la Universidad de Notre Dame, en Indiana, y que, desde 2017, ejerce como jueza en la Corte de Apelaciones del Séptimo Circuito.

La conservadora recuerda a los magistrados Ruth Bader Ginsburg y Antonin Scalia en su discurso.

Durante las audiencias para confirmarla como jueza de ese tribunal, Barrett tuvo que enfrentarse a numerosas preguntas sobre sus creencias y su pertenencia al grupo religioso People of Praise.

Ese grupo tiene menos de 2,000 miembros y sus miembros creen en “profecías y curaciones divinas”, según el diario The New York Times.

El martes, Barrett dijo a los senadores que, cuando aceptó la nominación de Trump para el supremo, sabía que su fe sería “caricaturizada” y su familia sufriría ataques; pero decidió seguir adelante porque quiere “servir a su país”.

LA ESTRATEGIA DE LOS REPUBLICANOS

Al respecto, los republicanos han acusado repetidamente a los demócratas de atacar la fe de Barrett, aunque en realidad ninguno ha aludido a sus creencias religiosas.

El objetivo de los republicanos es desacreditar a los demócratas y retratarles como un grupo de radicales, al mismo tiempo que buscan presentar a Barrett como una jueza extremadamente calificada.

En un momento de la audiencia, el senador John Cornyn, republicano de Texas, le pidió a la magistrada que sostuviera su libreta a la vista de todos con el objetivo de mostrar que estaba en blanco y que estaba hablando de memoria, haciendo referencia a casos legales sin ningún tipo de ayuda.

Los republicanos quieren confirmar a Barrett en el pleno del Senado el 22 de octubre, por lo que podría vestir la toga del tribunal supremo antes de las elecciones del 3 de noviembre.

QUIÉN ES LA JUEZA BARRETT

Barrett, de 48 años, es una católica devota con siete hijos y una favorita de los conservadores religiosos y se considera que rechaza de plano el aborto. Estuvo entre los finalistas para la segunda nominación de Trump a la Corte Suprema, que finalmente obtuvo el juez Brett Kavanaugh.

Barrett, de 48 años, está ampliamente considerada como la principal favorita de Trump para ser la nominada para llenar la vacante de la jueza Ginsburg.

Barrett fue nominada por Trump a la Corte de Apelaciones del 7mo Circuito federal y confirmada por el Senado en octubre de 2017 por 55 votos a favor y 43 en contra. El 7mo Circuito, con sede en Chicago, cubre los estados de Illinois, Indiana y Wisconsin.

En sus casi tres años en el puesto firmó unas 100 opiniones, incluidas varias opiniones discordantes en las que mostró su claro y consistente cariz conservador.

Barrett sirvió como asistente legal del juez de la Corte Suprema Antonin Scalia. Trabajó brevemente como abogada privada en Washington D.C. antes de volver a la Facultad de Derecho de la Universidad de Notre Dame, donde estudió, para convertirse en profesora en 2002.

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En 2017, durante su vista de confirmación en el Senado para el puesto en la corte de apelaciones, los demócratas presionaron a Barrett sobre si sus creencias afectarían sus posibles fallos sobre el aborto y otras cuestiones sociales controvertidas.

Barrett respondió que se tomaba su fe católica en serio, pero que “yo recalcaría que mi afiliación religiosa personal o mi creencia religiosa no me eximen de mis deberes como juez”.

Está casada con Jesse Barrett, un exfiscal federal que ahora es socio en una firma legal de South Bend, Indiana. La pareja tiene siete hijos, incluidos dos adoptados en Haití y uno con necesidades especiales.

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